viernes 13 de noviembre de 2009

Idilio

Al salir de las clase él me esperaría.
Yo me encontraba en un rincón observándolos a todos; sus comportamientos y sus comentarios. Habían ciertos detalles que los circunscribían, ciertos gestos que indicaban la edad que tenían todos y cada uno de ellos. Yo me imaginaba a mí misma realizándome, interpretándome; pensaba, pensaba si mis actos me identificaban o delimitaban y, me ponía en el lugar de otros para intentar verme y captar diferentes realidades; reinventándome y renunciando a la percepción de mi ser. Era un intento de adentrarme en las mentes de otros y me preguntaba si otros harían esto. He conseguido saber que, por ejemplo, algunos de mis compañeros quieren permanecer en la inmadurez y, paradójicamente, han elegido esto bajo una reflexión, leve o ardua pero bajo reflexión; hacen bromas infantiles( como las hago yo o cualquier otra chica de mi edad) y se ríen forzosamente de ellas, intentando permanecer en la misma ingenuidad aunque inexorablemente escapen de ella, lentamente.
-Va a llover- me susurró Eva, mi compañera de pupitre.
Yo simplemente asentí.
Él me había pedido que lo fuera a ver a donde solíamos quedar: tras un parterre de zarzaparillas que se encontraba frente a la fachada de la parte trasera del colegio. La fachada se encontraba desgastada con algunos huecos en algunas zonas, las zarzaparrillas eran muy densas y alcanzaban los dos metros de altura; así nos sentíamos aislados, era nuestro espacio íntimo. Los últimos cruces efímeros y secretos se habían hecho mientras llovía y yo jamás, por increíble que parezca, sentía frío. Con Diego no sentía frío.
El profesor daba la clase como una máquina, aunque monótona y tristemente. Sin alegría, y cada frase de su explicación era lenta y cada gesto suyo era lánguido.
Sonó el timbre, había acabado la clase. Me dirigí a la parte trasera del colegio, iba ensimismada en un mundo amargo, abstraída en la realidad. En cierto modo, por la noticia que me iba a dar Diego y yo intuía, en cierto modo, por todo.
Empezó a llover, me puse mi gabardina.
-Hola.
-Hola, ¿qué tal?
-Bueno... estabas un poco triste en clase.
-Sí es que...-titubeó- van a despedirme- los ojos se le volvieron vidrioso y me recordaron a los de un gato.- Lo saben Laura. Lo saben.
Tartamudeaba. Me dijo que ya no podríamos vernos más, ni en restaurantes ni en la calle ni en ningún lugar clandestino, que era lo mejor, que mi madre lo había amenazado y todo el mundo veía la relación con malos ojos, con desaprobación.
Yo me quedé en stand by, también lloraba. Había que esperar u olvidarlo.

Ahora mismo, tras una semana desde nuestro último encuentro, yo me encuentro sola y, adentrándome en él, él se encuentra solo, perdido y seguramente le estará pegando una calada a un cigarrillo. Mientras tanto yo estoy aquí, tras el parterre de zarzaparrillas, llueve, y ahora sí que siento frío. Siento mucho frío.

domingo 25 de octubre de 2009

"F"

Durante un tiempo
quise tenerla, cogerla,
sentirla dentro de mi ser
y ahogarla en mí.

La quise,
como cualquiera a un capricho
que se consigue,
que se llega a tener
y se pierde, se desvanece el deseo
y se pierde.

Veo que con ella lloro y río,
y sin ella río y lloro.
Es solo un pretexto, un suspiro
para darle un sentido a...
a todo,
a la puerilidad de mi vida,
a lo anodino de las vidas.

Es y ha sido ansiada
por miles de hombres,
por miles de personas,
como la música el sordo,
como la luz el ciego.

Ella no deshace los problemas,
ni las discusiones
ni las desilusiones,
ni las incertidumbres,
ni las desdichas.
Ella no es mala, tampoco es buena,
ella, ella, solo tiene una "F" de fama.

sábado 17 de octubre de 2009

Crónica de una tarde en un restaurante y una frase de Cortázar

Dice Cortázar que necesitamos pasiones nuevas para poder seguir ilusionándonos.
Los adolescentes (en su mayoría) somos unos ilusos. Estamos en el extremo en que recreamos continuamente nuestras pasiones. Por eso solemos llevar la sonrisa en la boca; si no estamos quejándonos de algún drama, en el fondo, vacío e inocuo. Hay gente que no entiende el porqué de nuestra sonrisa, generalmente, gente escéptica.
Ejemplo:
Sitio de encuentro: restaurante.
Temperatura: 22 grados centígrados.
Personas presentes en la crónica: clientes; adultos y un puñado de ingenuos adolescentes.
Unos amigos van a comer, que quizás hacen comentarios subidos de tono y quizás hablan con un gran volumen, sí, pero su propósito es ir a comer. Se comportan como otros adolescentes cualesquiera, y, una chica treinteañera (algo exasperada) los mira y sonríe. Puede que todos se den cuenta de que los están mirando y puede que todos estén pensando en un nimio "escéptica", pero uno (independientemente de lo que hacen los demás), la mira y suelta un inaudible y nimio"escéptica". Este adolescente continúa echándole miradas huidizas y esporádicas para comprobar si la mujer sigue mirando. Efectivamente, los mira de forma constante y divertida.
Puede que problamente esta señora sepa más que yo, aún así: modestia coño. Perdón; modestia coma coño. La mujer los mira con escepticismo, con soberbia; no con la añoranza con que mira un adulto su infancia. Lo peor de todo es que esa mujer es una mujer decepcionada con todo, sin ilusiones. Escéptica. Seguramente tiene sus razones; mirándolo de este modo me apeno, me apiado, me produce compasión.
Ojalá yo nunca obtenga ese escepticismo con el paso de los años. Ojalá en un futuro me sigan quedando ilusiones.

sábado 26 de septiembre de 2009

Lo que no tengo que contar

Quizás escriba tu omnipresente nombre para que sepan quien eres, o tal vez muestre tus maravillosos ojos en este escrito para poner algo aceptable, pero dime tú , ¿cómo ilustrarías estrellas? O puede que te cuente lo que cualquiera te diría; lo bella y perfecta que eres, como sorprendes con lo que dices y piensas, como tú iluminas el sol cuando ves que este ve su causa perdida, y todo esto seguido de un "serás mía"(uf, como odio esa expresión), deseperado, diciendo lo que ella quiere escuchar para seducirla o quien sabe qué.
Pero no, yo te diré la verdad, escribiré, más bien escribo, que te quiero como la chica despistada que eres, como la chica directa y sincera que eres, literata, a la que no le gusta el agua, susceptible y... a la que no le veo defectos o quizás no quiero verselos.
Quizás escriba ahora sobre nuestro amor platónico que jamás llegó a pasar, quizás escriba sobre lo que no tengo que contar.

sábado 19 de septiembre de 2009

Crónica de un momento pasajero

Ya volvía de España. En el aerpuerto pasamos por un control. Revisban los papeles, los pasaportes, los pasajes y paseaban un perro antidrogas al que todo el mundo acariciaba como si fuera un beagle.
El control era más riguroso con aquellos que salían de América.
Mi tío y mis abuelos nos habían acompañado al aeropuerto, mi primo de nueve años también. Él estaba desesperado por unos dulces porque no había almorzado. Mi abuela tenía los ojos vidriosos. Y mientras nos revisaban mi abuelo y mi tío parqueaban el carro.
Mis hermanos corrían de un lado para otro. Los demás estabamos sentados, esperando fuera de la puerta de embarque. Taciturnos por una inminente separación. Y sin embargo todos querían demostrar lo contrario: hablaban, metían la risa en cualquier parte y... se les acababan las cosas por hacer.
El tiempo pasaba lento. Lento. Ya teníamos que embarcar y pasar por la aduana para que nos volvieran a revisar. Nos íbamos a despedir. Argh... que mal sueno eso. Despedirse. Busqué a mi abuela arbitrariamente, la abracé. Se me formó un nudo en el estómago. Otro en la garganta; no habría podido hablar. No podía hablar. Ella me susurraba cosas que yo sentía lejanas y distantes: "Comportate"."Lo quiero mucho, ¿oyó?" "Lo quiero mucho"."Lo quiero mucho". Solo le alcanzé a decir eso. Mi tío lloraba y gemía, me despedí de él con vehemencia. Hice lo mismo con mi abuelo y mi primo. Los abracé y les dije cuanto les quería. Estaba a punto de llorar. Mis ojos estaban húmedos, embadurnados de lágrimas. "Adiós". Les dije a todos. "Adiós"."Adiós".