Al salir de la clase él me esperaría.
Yo me encontraba en un rincón
observándolos a todos; sus
comportamientos y sus comentarios. Habían ciertos detalles que los circunscribían, ciertos gestos que indicaban la edad que tenían todos y cada uno de ellos. Yo me imaginaba a mí misma realizándome, interpretándome; pensaba, pensaba si mis actos me
identificaban o delimitaban y, me ponía en el lugar de otros para intentar verme y captar diferentes realidades;
reinventándome y renunciando a la percepción de mi ser. Era un intento de adentrarme en las mentes de otros y me preguntaba si otros harían esto. He conseguido saber que, por ejemplo, algunos de mis compañeros quieren permanecer en la inmadurez y,
paradójicamente, han
elegido esto bajo una reflexión, leve o ardua pero bajo reflexión; hacen bromas infantiles( como las hago yo o cualquier otra chica de mi edad) y se ríen forzosamente de ellas, intentando permanecer en la misma ingenuidad aunque
inexorablemente escapen de ella, lentamente.
-Va a llover- me susurró
Eva, mi compañera de pupitre.
Yo simplemente asentí.
Él me había pedido que lo fuera a ver a donde solíamos quedar: tras un parterre de
zarzaparillas que se encontraba frente a la fachada de la parte trasera del colegio. La fachada se encontraba desgastada con algunos huecos en algunas zonas, las
zarzaparrillas eran muy densas y alcanzaban los dos metros de altura; así nos
sentíamos aislados, era nuestro espacio íntimo. Los últimos cruces efímeros y secretos se habían hecho mientras llovía y yo jamás, por increíble que parezca, sentía frío. Con Diego no sentía frío.
El profesor daba la clase como una máquina, aunque monótona y tristemente. Sin alegría, y cada frase de su explicación era lenta y cada gesto suyo era lánguido.
Sonó el timbre, había acabado la clase. Me dirigí a la parte trasera del colegio, iba ensimismada en un mundo amargo, abstraída en la realidad. En cierto modo, por la noticia que me iba a dar Diego y yo intuía, en cierto modo, por todo.
Empezó a llover, me puse mi gabardina.
-Hola.
-Hola, ¿qué tal?
-Bueno... estabas un poco triste en clase.
-Sí es que...-titubeó- van a despedirme- los ojos se le volvieron vidrioso y me recordaron a los de un gato.- Lo saben Laura. Lo saben.
Tartamudeaba. Me dijo que ya no podríamos vernos más, ni en restaurantes ni en la calle ni en ningún lugar clandestino, que era lo mejor, que mi madre lo había amenazado y todo el mundo veía la relación con malos ojos, con desaprobación.
Yo me quedé en
stand by, también lloraba. Había que esperar u olvidarlo.
Ahora mismo, tras una semana desde nuestro último encuentro, yo me encuentro sola y,
adentrándome en él, él se encuentra solo, perdido y seguramente le estará pegando una calada a un cigarrillo. Mientras tanto yo estoy aquí, tras el parterre de
zarzaparrillas, llueve, y ahora sí que siento frío. Siento mucho frío.